Sentada en un banco de plaza me
encontré tiritando, muerta de frío, con el alma congelada y los ojos ciegos. Por
más que intentara mirar lejos, una neblina espesa generaba en mi respeto y me impedía mirar más
allá del banco situado frente a mí.
Comenzó a llover. El golpeteo de mis dientes al ritmo de
castañuelas acompañaba la caída de las pesadas gotas sobre la vereda. Frote mis
manos para conseguir calor, eleve mis piernas y las abrace con tal fuerza que
creí que mi flujo sanguíneo estaba en peligro. Fue en ese momento donde decidí
dejar caer mis parpados, subirme al tren de los latidos de mi corazón que
sonaban energéticamente como si escuchara los tambores de una civilización
india.
Resistí a base de respiraciones
profundas y coloridas visualizaciones. Mis inspiraciones seguían siendo insondables
pero, cada segundo que pasaba, se convertían en libres plumas que volaban
gracias a la brisa que dejaba mi cara empadada de vida.
Lentamente, abrí los ojos y
encontré, sentado frente a mí, un hombre fuerte y sensiblemente erguido.
Abruptamente sentí como el sol comenzaba a iluminarme irradiando un suave
y tibio calor. Nos miramos comprensivamente por largo tiempo,
evaluamos cada milímetro de piel, percibimos cicatrices ajenas, aromas dulces,
respuestas a preguntas nunca formuladas. Hablamos sin pronunciar una palabra,
sin hacer un gesto. Nuestras miradas comprensivas y verborragicas se convertían
en hilos que unían cada parte de nuestro cuerpo, cada emoción callada, cada
percepción alimentada.
Mansamente le hice un lugar a mi
lado y lo invite con una mirada tierna detrás de un dócil pestañeo. No tardo
mucho en entender que lo quería a mi lado, que buscaba su calor, su mirada
intensa y varonil. Que necesitaba dejarme atrapar por esos brazos llenos de contención
y por esos latidos que ecualizaban mi alma.
Fue entonces cuando me abrazó y
me sentí volar, me sentí estallar… Abrí aún más mis ojos y nos vi. Estábamos
rodeados de estrepitosas luces que coronaban el cambio de vida y nuestro primer
viaje al universo.
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