Despierto acariciando tu pelo,
besando tu frente, tus mejillas, tu boca. Recorro tu cuerpo con la yema de mis
dedos, casi sin tocarte, sintiendo la energía que emana tu cuerpo, tu calor
suave, tu paz inmaculada.
Comienzo a prepararte el
desayuno. Sí, lo recuerdo: “todo leche y una gota de café” y mientras el aroma a pan tostado inunda la casa perfumando
el ambiente con aroma a “hogar”, busco
en la alacena el azúcar que endulzara mas tarde tus labios, tu alma.
Tras tropezar con nuestra ropa
llego nuevamente a la habitación, te encuentro remoloneando entre las sábanas,
con los ojos achinados y tu espalda al descubierto. No puedo evitarlo, tu piel,
tu media sonrisa mañanera me invitan a unirme al calor de tu cuerpo, a la pureza de tu esencia.
Vuelvo a mirarte, fijamente.
Descubro algo nuevo que me atrae, que me deja nuevamente sin palabras.
Comenzamos a bailar la danza apasionada del amor, esa que nos deja sin aliento,
que acelera nuestra frecuencia cardiaca y exalta cada sentido de nuestro ser.
Me estremezco en tus brazos, me
fundo en tu piel, te siento tan cerca, tan dulce, tan mío. Mi piel se eriza, tu
piel no deja de buscarme, de sucumbirse ante mis debilidades femeninas, ante
mis sonidos intensos…
Exhausta y aliviada vuelvo a mirar
la bandeja. Esa, que contiene mis blancos deseos de mimarte, de agasajarte e
invitarte a observar un nuevo amanecer. El café esta frío, mi alma aún ardiente…
Vuelvo a mirarte, fijamente y esbozo un “Buen
día, Mi Amor…Es hora de desayunar”.

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