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jueves, 15 de marzo de 2012

Jardín de Infantes



Mientras su madre y la mía conversaban acerca del color del pintorcito que llevaríamos este año, el y yo nos estudiábamos sutilmente. Tenía cara de travieso y siempre escondía un chocolate en alguno de sus bolsillos. Su remera desalineada indicaba su necesidad de trepar hasta alcanzar su sueño de ser un “superhéroe”, sus rodillitas sucias demostraban cuanto le gustaba jugar con sus autitos preferidos y su atención desmesurada ante el movimiento de manos de las mujeres que nos dieron la vida, dejaban ver la sagacidad, la perseverancia y la inteligencia que tenía para entender lo que decían sin interrumpir.

Sus ojos, su vocecita aguda y sus ocurrencias me invitaban a compartir las Gotitas de Amor que cada día llevaba en mi mochila por si acaso lo cruzara en el mercado. El no dejaba de escucharme y preguntarme  “¿Querés jugar conmigo?”. Siempre teniéndome en cuenta, buscando juegos donde nos encontráramos en esa sana competencia, probando nuestras mejores estrategias infantiles, apostando cada paquetito de pastillitas de Yapa que nos regalaban nuestras abuelas, producto de tantos mimos y ocurrencias. Siempre asegurándose que no me caiga, que siga sintiendo su protección y cuidado ante cada charco de agua saltado.

¡Que lindo le quedaba ese gorrito! Recuerdo que los “grandes” le decían que se parecía a un Capitán no se que, y yo lo veía cada día mas parecido a ese príncipe azul que profesaban los cuentos que cada noche espolvoreaban mis sueños con hadas, carrozas y castillos.

Recuerdo que un día, en plena tarde de merienda, con el objetivo de alcanzar la ultima galletita tentación,  atolondradamente volcó el vaso lleno de leche con nesquick  con tanta suerte que no solo empapo mi pintorcito cuadrille rojo sino también el nuevo vestido blanco que llevaba debajo. Bastaron menos de 10 segundos para que se dibujara un puchero en mis labios y, mis primeras lagrimas de jardín de infante empaparan mi café con leche calentito. Se asustó, junto sus manitas pegajosas, me miró con culpa y esbozo un “perdoncito”…

La última galletita que estaba en su poder había caído al piso. Desesperadamente la levantó, no dudó en limpiarla sobre su pantaloncito corto de color azul y ofrecérmela, intentando, con ese gesto tan dulce, suavizar mi firme piquito enojón. Sin mirarlo a los ojos, acepte sus disculpas, su regalo y, cuando osó girar sobre si mismo intentando huir desesperadamente , le dije “ Tomá, la mitad es tuya”.

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