Mientras su madre y la mía conversaban acerca del color del pintorcito
que llevaríamos este año, el y yo nos estudiábamos sutilmente. Tenía cara de
travieso y siempre escondía un chocolate en alguno de sus bolsillos. Su remera
desalineada indicaba su necesidad de trepar hasta alcanzar su sueño de ser un
“superhéroe”, sus rodillitas sucias demostraban cuanto le gustaba jugar con sus
autitos preferidos y su atención desmesurada ante el movimiento de manos de las
mujeres que nos dieron la vida, dejaban ver la sagacidad, la perseverancia y la
inteligencia que tenía para entender lo que decían sin interrumpir.
Sus ojos, su vocecita aguda y sus ocurrencias me invitaban a compartir
las Gotitas de Amor que cada día
llevaba en mi mochila por si acaso lo cruzara en el mercado. El no dejaba de
escucharme y preguntarme “¿Querés jugar
conmigo?”. Siempre teniéndome en cuenta, buscando juegos donde nos
encontráramos en esa sana competencia, probando nuestras mejores estrategias infantiles,
apostando cada paquetito de pastillitas de
Yapa que nos regalaban nuestras
abuelas, producto de tantos mimos y ocurrencias. Siempre asegurándose que no me
caiga, que siga sintiendo su protección y cuidado ante cada charco de agua
saltado.
¡Que lindo le quedaba ese gorrito! Recuerdo que los “grandes” le decían
que se parecía a un Capitán no se que,
y yo lo veía cada día mas parecido a ese príncipe azul que profesaban los
cuentos que cada noche espolvoreaban mis sueños con hadas, carrozas y
castillos.
Recuerdo que un día, en plena tarde de merienda, con el objetivo de
alcanzar la ultima galletita tentación, atolondradamente
volcó el vaso lleno de leche con nesquick con tanta suerte que no solo empapo mi
pintorcito cuadrille rojo sino también el nuevo vestido blanco que llevaba
debajo. Bastaron menos de 10 segundos para que se dibujara un puchero en mis
labios y, mis primeras lagrimas de jardín de infante empaparan mi café con
leche calentito. Se asustó, junto sus manitas pegajosas, me miró con culpa y
esbozo un “perdoncito”…
La última galletita que estaba en su poder había caído al piso.
Desesperadamente la levantó, no dudó en limpiarla sobre su pantaloncito corto
de color azul y ofrecérmela, intentando, con ese gesto tan dulce, suavizar mi
firme piquito enojón. Sin mirarlo a los ojos, acepte sus disculpas, su regalo
y, cuando osó girar sobre si mismo intentando huir desesperadamente , le dije “ Tomá, la mitad es tuya”.
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