Mientras
el retazo de papel ofrece un lugar de contención para mis acuosas debilidades
oculares, miro con detenimiento el traje de hojalata que usaré nuevamente
mañana a pesar de la resistencia que ofrece el músculo más importante del
cuerpo.
Hoy
dormiré rodeada de sábanas frías y almohadones solitarios, respiraré angustias
por ilusiones provocadas, me hundiré en la huella de aquel colchón con el que fantaseé
compartir deseos pasionales y, apagaré
la luz que tutelaba mis sueños ficticios llenos de suaves palabras y profundos
sentimientos.
Esta
noche no habrá historias de caballeros y doncellas, de príncipes y castillos
crueles que encierran un amor que se aventuraba florecer. No habrá monstruos a
los que les haré frente ni fantasmas que persigan y atenten contra mi ego
vagamente suspendido de frágiles hilos anudados a pompas de algodón. No sudare de
nervios ante los avatares que pueden apalear tu salud ni despertaré, asombrada
y sonriente, por imaginar nuestro primer amanecer juntos.
Mañana
abriré la ventana del olvido en busca de nuevos colores para pintar mis
quimeras, caminaré descalza por mi hogar intentando amigarme nuevamente con la
tierra, calentaré, más de lo común, mi
habitual desayuno pretendiendo descongelar las estalactitas que albergaron recientemente mi alma y deglutiré cada porción de pan,
ansiando sentir una vaga sensación de saciedad en mi interior.
Mañana
levantaré mi mentón y le dedicaré una melancólica mirada al destino, lo culparé
por despojarme de ilusiones, miraré con desconfianza su accionar y cuestionaré
su rol tirano para poder apaciguar la sensación enquistada de desengaño vital.
Mañana
no habrá rayo de sol que esclarezca mi alma, ni lluvia que refresque mi dolor.
No caminaré sonriéndole a la vida ni permitiré que me curen las heridas. Mañana, mañana será
otro día, similar a los de antes, distinto a los demás simplemente porque
mañana, mañana no enunciaré un “Buen día,
mi amor”.
